Inspiración fotográfica: cómo hice para saber dónde encontrarla

¿Quién te inspira? ¿Quiénes son tus referentes? 

Ambas son preguntas que me hacen una y otra vez, y me dieron ganas de compartir la respuesta con quienes tengan ganas de leerme 🙂

Internet está lleno de artículos para fotógrafxs con títulos sumamente prometedores: las 10 mejores maneras de inspirarte para obtener tus mejores fotos, los 27 tips infaltables para inspirarte, o las 34 principales fuentes de inspiración para mejorar tus fotos y ganar todos los concursos de Flickr (?)

En general sugieren cosas como leer artículos de fotografía (wow!), hacer salidas fotográficas (impensado!), ver películas y trabajos de otres fotógrafes (jamas se me había ocurrido), visitar muestras (esta me sorpendió) o hacer talleres de fotografía (esto ya es otro nivel).

Lo cierto es que, dejando la ironía de lado, todos estos tips me sirvieron mucho cuando estaba empezando, cuando acababa de aprender cómo funciona el obturador y estaba intentando entender porqué si le puse una velocidad baja la foto salió quemada y movida. Pero, a medida que fui avanzando en mi camino fotográfico, me fui dando cuenta de que necesitaba buscar en algunos lugares nuevos además de Google…necesitaba elevar la vara, inspirarme con algo más grande, subir al siguiente escalón.

Ahí fue donde me di cuenta de que la exploración debía ser hacia adentro, y no tanto hacia afuera. Necesitaba preguntame a mi misma porqué saco fotos, qué siento cuando lo hago y qué me motiva a trabajar en el rubro de congelar recuerdos familiares en lugar de dedicarme a la moda o a las fotos de deportes.

Entonces empecé a buscar: primero entre mis recuerdos, para ver qué es lo que tanto me llama la atención de sacar fotos. Entonces me acordé de que en mi adolescencia tuve una etapa en la que buscaba fotos que me gustaban en todas las revistas que se me cruzaban por el camino. La mayoría eran de publicidades  o de fotorreportajes que salían en la revista Viva del domingo, la cual desarmaba con total impunidad (aunque no fuera mía) para seguir agrandando mi colección en una carpeta negra tamaño A4 llena de folios que las protegían (y ahora que sigo haciendo memoria, la mayoría eran en blanco y negro). Luego de un tiempo el ataque coleccionista mutó y las fotos que guardaba eran de mis bandas favoritas, entonces la famosa carpeta fue a parar a la basura. Con los años las fotos de bandas también volaron en alguna mudanza y cambié las carpetas A4 por carpetas en windows, para luego convertirse en tableros de Pinterest en los que guardo las fotos que mas me gustan de aquellxs fotógrafxs que realmente admiro, esos que fueron pioneros en su estilo, que se la jugaron en el campo de batalla o que soportaron todo tipo de críticas por imágenes que hoy son de lo más comunes. Guardo de cada unx solo lo que más me gusta a mi, lo que me mueve alguna fibra (hace mucho aprendí de Sergio Larrain a guardar solo lo que me empuja a mejorar “porque uno carga en la psiquis todo lo que retiene” como le decía a su sobrino). También me puse a pensar en las películas, libros y discos que me gustan, y ahí empecé a encontrar un hilo conductor: las emociones (como las que me generan las películas de Miyazaki), la nostalgia (como la que me invade cuando leo a Pizarnik), animarme a explorar mi lado más oscuro sin miedo (como me pasa cuando leo a Hermann Hesse), la admiración (como la que siento todos los días de mi vida por Spinetta) y así sucesivamente.

Pero aún faltaba algo que hasta el momento no me había dado cuenta: un día abrí mi caja de fotos, las de mi infancia, la caja de mis recuerdos. Ese día miré todas y cada una de ellas con otros ojos. Las observaba, y a medida que lo hacía comencé a darme cuenta de los puntos de conexión que tienen con mi trabajo, con lo que siento cada vez que vuelvo de retratar a una familia. Entendí porqué me emociono tanto cuando hago una entrega, cuando me devuelven un mensaje emocionado de agradecimiento. Entendí lo importante que es para mi esa caja, esa colección de fotos en las que no hay poses ni superproducciones: hay anécdotas, hay olores, hay sabores, hay miradas. Hay voces que ya no escucho pero que sin embargo recuerdo automáticamente al pasar de una foto a la otra. Hay sensación de solcito en la cara, de la brisa del rio en una tarde de velero, hay calor de abrazos que quedaron guardados para siempre en un click. Hay risas que recuerdo que terminaron en dolor de panza, hay lugares que no recuerdo pero que puedo conocer a traves de las imágenes, hay gestos y rasgos que reconozco como propios en los rostros de familiares a lxs que apenas conocí.

Entonces mi círculo de inspiración terminó de cerrar: fotos de fotógrafxs a lxs que admiro mucho (por si les sirve, les dejo mi colección de Pinterest…no está completa pero por algo se empieza), libros, poesías, música, películas, muestras…y recuerdos. Mis propios recuerdos. Esos que me emocionan tanto que cuando voy a trabajar siento que quiero compartirlos con lxs demás dejando una parte de ellos en las nuevas fotos que voy sacando.

 

Textos: © Ivana Gorosito 2018

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